Hogar dulce hogar.
La protección en el humilde
calor hogareño
de la convivencia.
En la casa construida
prefabricada, ya derruida
o quizá una mala construcción.
La familia numerosa
de la civilización
occidental y cristiana
con muchos hijos
que quieren llamar la atención
demostrando sus mejores armas,
lo mejor de ellos,
aunque saben que es vano
porque la estrella estelar
es el pequeño hermano menor
el protagonista de la ternura,
el protagonista de las culpas,
de la inocencia
de la sátira
un juguete de combate y rol
una futura sanguijuela,
criado,
destinado a ser un cuervo
entre cuervos
para desentrañar ojos.
Ellos
prefieren no salir
porque sienten
que el frío les apuñala la espalda
eligen estar entre rejas,
encarcelados,
porque afuera
esta repleto de extraños
que pueden robarle
toda seguridad y confianza.
Y la sabia abuela?
la única que sobrevivió
la que quedo sin opciones
resignada a vivir,
y sus nietos a tratar
de comprenderla
o tolerarla.
Tan solo quedan
las mascotas
que los abastecen
con momentos de alegría y unión,
que les recuerda el aprecio
y el amor servido
por el sacrificio
de una madre y un padre
-ese que ya no esta,
el que ha dejado
enseñanzas y angustias-.
¿Hay algo más interesante
que la familia unida?
De las discusiones
a los abrazos:
la bella sincronía.
Parientes que se conocen
de memoria al esfuerzo
u obligación,
otros que no se quieren conocer
y los que quizá
no se conozcan nunca.
Pendientes de los días
tanto festivos
como irritantes
gracias a la presión
de nuestra expentante,
que da o quita
lo justo y necesario,
la carroñera sociedad.
Y si no se elige
a la familia
es porque el destino
quiere ponernos
frente a frente
de nuestros mismos defectos.
La mirada, la experiencia
desde un auténtico:
Hogar dulce hogar.
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