Yo no soy el que parezco ser... ser, ser uno mismo, incluso teniendo un nombre como código de barras, el cual me identifíca y simula diferenciarme de los demás... ser diferente, adorar la diferencia, desbordando esencia. Segundo a segundo frente a un espejo al cual me revelo, me niego a su verdad, verdad que disfraza para engañarme mientras, segundo a segundo, repaso cada apunte, estudiandolos, analizándolos de arriba a abajo, tratar de recordarlos y decodificarlos, para que luego me califiquen, me adornen o me sentencien con vacíos y absurdos números.
Todos atentos a mi primera acción, reacción y contradicción tratando de definirme como si fuera un objeto, su nuevo experimento innovador, pero se equivocan, porque yo tengo por entendido que, definir es limitar, y en este caso, justamente el alma de la humanidad no tiene límites.
¿Por qué ser?, y en el caso que sea ser, cuál es la gracia, hacia dónde me llevaría, ¿entonces tendría límites?... Respetaría un protocolo y encajaría en una vulgar sociedad de burguesía artificial, para luego santificarme, sustituyendo la fe, creando culto a un posible dios?.
Porque ser o no ser va más allá de un dilema, recorre infinitos verbos, surca la imaginación, liberando a cuerpo y alma de secretos indescifrables aunque sea una actitud pasiva, aunque esté recopilada alfabéticamente y definida o traducida en un simple diccionario.
Auxiliando al tiempo en éste mundo, estar situado hacia donde me lleve la corriente, levantando la voz, siendo uno mismo, olvidandose del qué dirán, indicando mi propio tiempo pasado, presente y un posible futuro, hacer de todos los días una aventura de aprendizajes para lograr armonía, acompañado por mi frase predilecta.
Hasta que al fin, agotado, destruyo el espejo, terminando con una posible condena inmortal, liberando cuerpo, mente y alma de una aristocracia fallida, repleta de ilusiones alimentadas por falsas esperanzas, para sólo quedarme con lo que entiendo como amor, junto a mi frase predilecta y ratificar que: "YO SOY EL QUE SOY"...
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